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CIENCIA SIN CONCIENCIA

Rigoberto Lanz

“Yo defiendo la ciencia combatiéndola…”.
Edgar Morin: Ciencia con conciencia 

     Los ingenuos creen con gran candidez que las concepciones teóricas son una cosa y la práctica es otra. Los más distraídos creen que las ideas van por un lado y la acción va por otro. Los irremediablemente lerdos creen que la ciencia en éticamente “neutra” y que los científicos son unos personajes “objetivos” e “imparciales”. Estas y unas cuantas cursilerías más están funcionando permanentemente en el imaginario de grandes contingentes de la sociedad que no pueden  percibir el fenómeno tecno-científico con una mirada crítica. Que esto ocurra así en altos porcentajes de la población del mundo es muy lamentable pero hasta cierto punto comprensible. Lo que no puede ser aceptado tan rápidamente es que en el ambiente académico y en las élites intelectuales también se consuma este paquete ideológico sin que se produzca un cortocircuito epistemológico. Lo que resulta incomprensible es la facilidad con la que un cientificismo ramplón se ha instalado en la esfera  universitaria impactando de un modo muy negativo la formación de un espíritu crítico  en las generaciones que desfilan por sus aulas.


     El paradigma de la simplicidad está en la base de esta enfermedad del espíritu. Los dogmas metodológicos, los rituales académicos repetidos durante siglos, el peso enorme de un sentido común férreamente instalado en la cultura dominante, y sobre manera, la funcionalidad de esta mentalidad con la reproducción de las formas de poder predominantes en la sociedad, son los condicionantes que pueden explicar la impunidad con la que viene operando este viejo paradigma durante todo el trayecto de la Modernidad. Aquí nada es inocente. Cada palabra, cada gesto, cada aparato, cada práctica, están todos alineados con la racionalidad dominante, con la lógica del poder, con las ideas  y creencias que prevalecen en estos tiempos.


    El Estado y sus políticas públicas no están exceptuados de esta regla básica. Lo que hacen los científicos en sus laboratorios, lo que enseñan los profesores de ciencia en las aulas y lo que gestionan—y cómo gestionan-- los funcionarios  en los aparatos científicos, pertenecen al mismo substrato ideológico, a la misma mentalidad prevaleciente, a la misma cultura que domina. Esa no es una casualidad. Se trata en verdad del funcionamiento de un pensamiento único en esferas distintas. Lo que ocurre es la evidencia de una cultura científica que se expresa en todos los ámbitos de la sociedad: tanto en los que la producen, como en los que la consumen. Es el paradigma de la simplicidad en acto.


     Estos planteamientos se reflejan directamente en los debates que hoy se desarrollan en Venezuela a propósito de la construcción de una plataforma tecno-científica que se corresponda con el ideario de una transformación radical del modelo de sociedad heredado. La discusión epistemológica más encumbrada se encarna de inmediato en el complejo tejido de las decisiones públicas que van en ésta o aquélla dirección. Las ideas más abstractas sobre los nuevos paradigmas aterrizan en los lineamientos que direccionan políticas, que alimentan programas, que legitiman proyectos y decisiones puntuales. No se trata en absoluto de “neutralidad” o  de “objetividad”. El asunto crucial es asumir abiertamente todas las implicaciones que están detrás de una concepción de las ciencias y las tecnologías (el sólo hecho de concebirlas en plural ya es una elección cargada de consecuencias). No se trata de elegir en votación popular éste o aquél paradigma epistemológico. Pero tampoco pretendamos imponer “el” paradigma científico “verdadero”  con el viejo truco de “lo universalmente aceptado”.

Las palabras no son neutras, las ideas tampoco. La ciencia no es inocente, la técnica tampoco. Los científicos hacen lo que hacen en el contexto de matrices ético-políticas insoslayables. Los profesores enseñan lo que enseñan en el seno de resonancias ético-políticas inherentes a su quehacer. Los funcionarios gestionan los aparatos tecno-científicos imbuidos de toda clase de valoraciones. Nada de eso tiene por que  extrañar. Que eso ocurra así no tiene nada de malo. Lo sospechoso es que científicos, profesores y funcionarios se desvivan por disimular sus elecciones ético-políticas, y sobre manera, sus pertenencias epistemológicas.


    Desde el punto de vista del Estado y sus políticas públicas en este ámbito los retos del presente van en la dirección de hacer corresponder los horizontes de transformación de la sociedad con la voluntad de cambio de los paradigmas heredados. El asunto crucial es poner en sintonía el talante de una revolución social de gran aliento con una revolución epistemológica que trastoque la lógica de la cultura, de la educación y de la ciencia que padecemos desde hace siglos. El desafío mayor en esta coyuntura es practicar un estilo de desarrollo de ciencias y tecnologías  que sean consistentes con el país que emerge, con  el nuevo modelo de sociedad que está naciendo, con el clima civilizacional que estamos inaugurando.


     Hay un peso muerto que presiona hacia la conservación de lo mismo. Esa inercia –en parte mentalidad que se auto-reproduce, en parte sistema de intereses a los que la gente se aferra—ha de ser vencida para abrirle cause a otros modos de pensar…que son también otros modos de vivir. En ese camino se está jugando una de las más caras apuestas de lo que ha de ser más adelante “una comunidad de hombres libres” (como lo soñaba el viejo Marx).




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