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LA INTELIGENCIA EMOCIONAL EN LA RELACIÓN DE PAREJA

ALVARO A. PERAZA

 

¿Qué une a la pareja?, ¿qué separa al hombre y la mujer? Ambas son preguntas que se expresan como manifestaciones cotidianas de una misma realidad, por lo general con respuestas actuadas y no concientizadas, donde aparecen emociones subordinadas a la historia personal de desestima y desvalorización que contribuyen a construir encuentros basados en el encantamiento e ilusión. Al final el resultado es la preponderancia de la razón y la acción sin proyecto, de propósitos sin fines, de incapacidad para ver lo obvio, de los valores desintegrados del ser.

La vinculación y coexistencia con otra persona cobra significado en la medida que le doy valor a la necesidad de su presencia, el otro es otro porque me importa, le doy referencia, vida y relevancia interna. Ser afectado o asumir el afecto del otro no deja de ser un riesgo, una incertidumbre, una posibilidad: el riesgo de la separación o el desencuentro, la incertidumbre del desamor, la posibilidad del rechazo y el abandono.

El amor, el miedo y el dolor son las expresiones naturales del encuentro con aquel o aquella que me importa, sin duda cuando aprecio la realidad del otro afectivo se va creando la necesidad de aferrarse, el apego genera miedo y la posibilidad futura de vivenciar el dolor ante la separación.

Contactar la posibilidad que brinda el amor como punto de encuentro es también admitir que es probable el desencuentro. De esta verdad surge la convicción y la importancia de asumir las diferencias no como complemento de lo que está desintegrado de la propia personalidad, sino más bien como el pívot central para valorar en su verdadera magnitud el amor y respeto que te mereces por convivir también con alguien diferente a ti. Una gran verdad: El amor es verdadero en la medida que es ético , cuando pasa a ser una emoción y a su vez un valor se convierte en una tarea y en una responsabilidad: la de expresarlo y la de cultivarlo.

El amor se expresa en la necesidad, en el hambre de contacto, en el ansia de satisfacción, en la vivencia sublime del momento presente. Se concreta en el cuidado, la afirmación, la protección, la comprensión y la comunicación. Se cultiva en la fe, la esperanza, la tolerancia, el respeto y la responsabilidad. Todo lo anterior encierra la Ética de la Convivencia.

Queda claro que todo encuentro se nutre del sentimiento de amor y de la necesidad apremiante de construirlo, más en el proceso se generan divergencias que distancian, separan, empobrecen e impiden reencontrar la relación. El odio, la culpa, el resentimiento, los celos y la rabia trazan el rumbo.

Donde hay odio se hace difícil cultivar el amor, se presenta el hambre de venganza y control, el poder que ejerzo es proporcional a la intensidad de la emoción en curso, el desencuentro muestra su cara. La rabia generalmente es la expresión ante la injusticia cometida, es obvio que casi siempre la rabia se ancla en el pasado por lo que me hiciste, por el daño que sufrí o por la indiferencia expresada. El resentimiento es por excelencia la emoción de la separación , el resentido hace el esfuerzo por no olvidar, siembra en sí mismo y en el otro culpa y exigencia, el que está resentido definitivamente distancia, no busca la posibilidad de transformación, se paraliza en el remordimiento. Los celos son la emoción de la incertidumbre, la inseguridad y la vulnerabilidad, en el celo el temor a la sustitución se hace presente, en este complejo proceso hay un profundo componente de descalificación, insatisfacción y desvalorización.

Cuando el miedo, la rabia, el odio, el resentimiento y los celos se presentifican sustituyen la emoción del amor. La relación se mantiene en el conflicto destructivo , el tiempo de la experiencia está en el pasado o el futuro, el juego de poder es una expresión cotidiana: en esa incomodidad el desequilibrio y la crisis son las fuerzas rectoras, el diálogo auténtico se desvanece en la imposición y el dominio del uno sobre el otro, la ética, columna y fortaleza del amor, se fragmenta dando paso a la intolerancia, el irrespeto, la incomprensión y la pérdida de la habilidad para responder (irresponsabilidad).

Las emociones dañinas, paradójicamente mantienen unida la pareja, ahora bien ¿es posible satisfacerse en el sufrimiento? , ¿cómo me reconozco en el otro cuando me hace daño?, ¿qué valor posee para la persona la insatisfacción?, ¿puede haber comunicación y encuentro en el dominio y la explotación?. En resumen: ¿era Amor o Ilusión?

¿AMOR O ENCANTAMIENTO?

Ya se afirmó que el amor es una necesidad y como tal se expresa en el contacto con el otro, cuando esta emoción se cultiva en el tiempo se mantiene como un valor, como una responsabilidad ética. El amor es una emoción poderosa, transformadora, bendita, devocional, comprometedora, expansiva, motivante, nutriente, generadora de confianza, empatía y compasión. El amor es la expresión máxima del ser, el amor salva. Dar y recibir amor es darse permiso para la vivencia del dolor porque existe la confianza y seguridad que la respuesta empática del otro amado será el acompañamiento, brindando así la posibilidad de comprensión profunda en el sí mismo de la persona que sufre de que el dolor es necesario para la vida, que el dolor sana. Con el amor como elemento central y transformador de las relaciones el remordimiento es una dificultad superada: cuando se abren las ventanas del perdón no es posible resentir, el perdón eleva.

Si esta fuera nuestra realidad las relaciones de pareja expresarían un sentido afirmativo y trascendente, pero lamentablemente no es así: la violencia cotidiana, la crítica perjudicial, el conflicto destructivo y el incremento cada vez mayor de los índices de divorcio y separación dibujan un panorama diferente.

¿Qué es lo que sucede?: Sostengo con toda seguridad que la pareja en desestima, desvalorización e inseguridad no se une en el amor, ¿por qué?, es sencillo, para dar amor primero hay que cultivarlo en uno, reactualizarlo curándose de las heridas de separación, abandono, frustración, carencias y necesidades abiertas e inconclusas del pasado. No puede dar amor quien no lo ha recibido, no entrega amor al otro diferente quien no está satisfecho consigo mismo, porque el otro siempre será visto como una amenaza, una incertidumbre, un fantasma. No pude ofrecer amor quien no lo cultiva . Cultivar es plantar, cuidar, valorar y fortalecerse en el proceso de crecimiento.

Entonces, ¿qué une a la pareja en desestima? : Ilusión , pareciera ser solo eso ilusión, encantamiento, magia, fantasía, anhelo. La ilusión es una expectativa puesta en el otro, la antitesis de la necesidad , una ceguera momentánea, una posibilidad que termina cuando el mago esconde su sombrero, acaba cuando se abren los ojos a la realidad, concluye cuando tomo conciencia que le cedí mi energía e hice responsable al otro de la satisfacción de mis propias necesidades, un imposible, una irrealidad, una aventura que termina en la desilusión y el desencanto.

En el desencanto y desilusión el miedo me paraliza y la rabia me ancla en el pasado, me aleja de la satisfacción y me acerca cada vez más a la incomodidad y la frustración. El desequilibrio se nutre del sí mismo y la persona cada vez más se consume victima de su propia evitación e incapacidad para tomar conciencia de sus verdaderas necesidades. El paisaje es sombrío. Aún así la naturaleza humana siempre nos ha demostrado que en el peligro, en el desbalance radica la oportunidad . ¿Cual es el chance que tenemos?

La respuesta es solo una: entablar relaciones de crecimiento basadas en el amor: en la concientización e integración de las propias polaridades, en el intercambio emocional sano, en el rescate de la empatía, el respeto por las diferencias, en la tolerancia hacia sí mismo y los demás, en la capacidad de perdonarse y perdonar, en definitiva, en la toma de conciencia de cuales son mis verdaderas necesidades y la aceptación de las necesidades del otro significativo.

La unión de la pareja basada en la satisfacción reciproca se nutre a sí misma, el proceso expansivo de encuentro genera compromiso y productividad. El verdadero amor es un acto de Fe: en el otro y en uno mismo, requiere de ambos: contundencia, coraje y audacia; porque en él germina la construcción, el crecimiento y la transformación.

 

Autor: Alvaro A. Peraza
Telfax. 0241- 8234772 / Cel. 0414 - 4224199
E-Mail: alvaroperaza@misionpsique.com
Valencia - Venezuela, Año 2005.
Copyright © 2005 por misionpsique.com




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